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A mediados de agosto llegó una carta a este periódico que anunciaba la aparición de una nueva clase social. Se titulaba Soy mileurista y decía, entre otras cosas, lo siguiente: "El mileurista es aquel joven licenciado, con idiomas, posgrados, másters y cursillos (...) que no gana más de 1.000 euros. Gasta más de un tercio de su sueldo en alquiler, porque le gusta la ciudad. No ahorra, no tiene casa, no tiene coche, no tiene hijos, vive al día... A veces es divertido, pero ya cansa (...)". La autora, Carolina Alguacil, de 27 años, reside en el centro de Barcelona y trabaja en una agencia de publicidad. Inventó el término -y decidió escribir la carta- después de pasar unos días en Alemania y comparar, con un sentimiento a medio camino entre la rabia y la envidia, cómo vivían sus amigos berlineses y cómo vivían ella y sus amigos españoles.
Carolina comparte su casa con otras tres chicas de 25, 29 y
29
años. Ninguna gana lo suficiente como para alquilarse un apartamento.
Pagan 360 por cabeza y conforman una extraña familia unida cuyos miembros
hace un año no se conocían de nada. "Toda la gente con la
que voy es así", añade Carolina, "tengo una amiga que
trabaja en una editorial de Madrid por 1.000 euros; mi hermano es ingeniero
en Andalucía y lo mismo, mi cuñada es licenciada en Medio Ambiente
y también. Todos estamos igual, y no es que vivamos mal, porque para
algunos somos unos privilegiados, pero no es lo que esperábamos".
Un reciente informe de la Unión Europea, el Eurydice,
le da la
razón: sólo el 40% de los universitarios tiene en España
un trabajo acorde con su nivel de estudios, y la tasa de paro entre los titulados
de 25 y 34 años es del 11,5%, una de las más altas de Europa,
que se sitúa en un 6,5%.
A pesar de esto, y de lo que piensa Carolina, no es un fenómeno
exclusivo de España. El sociólogo francés y profesor de
ciencias políticas Louis Chauvel aseguraba en el Nouvel Observateur que
los pobres del siglo XIX y principios del XX (los obreros sin cualificación,
los agricultores o los ancianos) pertenecen a una sociedad que desaparece. "Y
los nuevos pobres de hoy en día son los jóvenes", añadía.
Los nacidos entre 1965 y 1980, esto es, los españoles que, en un extremo
de la horquilla, van dejando atrás la juventud, como Carolina y sus compañeras,
y en el otro comienzan a apropiarse del poder, disfrutaron de una niñez
dorada, de unos padres abnegados y responsables y de un país moderno
y optimista que navegaba viento del desarrollismo en popa. Sortearon dos crisis
económicas (la del 74 y la del 92), pero nadie dudó por entonces
de que esa generación, la más preparada de la historia de España,
la más numerosa, la del baby boom, no fuera a vivir mejor que la precedente,
que todas las precedentes.
Lógicas expectativas
Y no ha sido así, y en eso radica buena parte del problema, según
apunta el sociólogo Enrique Gil Calvo. "Con estos jóvenes
se crearon unas lógicas expectativas. La generación anterior,
la mía y la de mis hermanos menores (yo nací en el 46), creció
con las vacas gordas, pudo cumplir el sueño de matar al padre, esto es,
de superarlo en todo: mejor casa que los padres, mejores trabajos... Pero para
estos mileuristas, que han tenido, paradójicamente, mejores oportunidades
en forma de estudio, el futuro no estaba donde debía de estar",
explica.Carolina dispone de dos horas para comer. Hoy acude a un restaurante
de a siete euros el menú que no puede permitirse siempre.Pide un guiso
indio con garbanzos y cuenta: "Yo quería trabajar en el cine, como
productora o algo así, pero pronto me di cuenta de que no podría.
Bueno. Eso pasa. Y no me desanimó. Lo peor es que no sé lo que
va a pasar conmigo. Una familia como la de mis padres ya no es el objetivo,
pero ¿cuál es el objetivo?".
Ella no experimenta ninguna sensación de fracaso. Pero habla de un desánimo grande al definir la actitud de muchos de sus amigos o conocidos. Porque conforme va cumpliendo años, el mileurista se va cargando de amargura.
Belén Bañeres tiene 37 años, vive en Madrid y la sensación "de ir llegando tarde a todo". Estudió psicología y no hizo oposiciones al PIR (el MIR de los psicólogos) en un primer momento. Cuando quiso hacerlo, no hubo plaza. Lleva saltando de trabajo en trabajo más de 14 años. Jamás ha desempeñado un puesto acorde con los estudios que llevó a cabo. Jamás ha cobrado más de 1.000 euros brutos al mes. Sólo desde hace un año goza de un contrato indefinido como auxiliar administrativo. Desde entonces vive con su pareja (otro treintañero universitario con un sueldo de 1.000 euros) en un piso de alquiler. Ve casi imposible tener una casa propia. Ve muy difícil tener hijos. "Con la de horas que trabajamos los dos no podría cuidar ni de un perro", dice. Y después de haber resumido así su biografía, concluye: "Y también tengo la sensación de que me han robado la vida".
Un amigo de Belén que prefiere no dar su nombre, con
un exclusivo máster a cuestas de informática aplicada a ciencias
biológicas, trabajó durante casi un año de teleoperador
en el 11888. "Y no era el único universitario: eso estaba lleno
de gente preparadísima con carreras, idiomas y cursos de esto y de lo
otro que, en un momento dado y si hacía falta, contestaba en alemán
al que llamaba", cuenta.
Luis Garrido, catedrático de Sociología de la UNED, considera
que una de las claves de este desánimo está en la sobreabundancia
de universitarios. "Cuando yo, que nací en 1956, estudiaba, sólo
el 10%de los jóvenes, la inmensa mayoría chicos, conseguía
una
licenciatura universitaria. Está claro que ese 10% copó los puestos
de élite de esta generación, la del 68, que arrasó. Y que
mis coetáneos vimos que estudiando en la Universidad se llegaba lejos
y se lo transmitió a sus hijos". Garrido continúa: "A
partir de los ochenta, el porcentaje de estudiantes universitarios se multiplicó,
sobrepasando el 30% y sumando a las mujeres, que se incorporaron de forma masiva.
Se produjo un vuelco educativo tremendo, incomparable a cualquier otro país
europeo. Y no ha habido puestos buenos para todos. Por mucho que queramos, no
hay. Y se ha creado un número indeterminado de jóvenes frustrados,
con una larga trayectoria estudiantil, que no ha rendido,que no ha ganado lo
suficiente...".
Como Belén o como su amigo el ex teleoperador, que no encontraron trabajo al salir de la Universidad. Ellos, y muchos otros, siguieron estudiando en un intento de sobresalir: un máster, un doctorado, más cursillos... y cada vez más años, más necesidades y más exigencias para un puesto de trabajo especializado y bien pagado que no aparece: un circulo vicioso que recuerda a los que trazan los ratones de laboratorio buscando desesperadamente inútiles salidas a laberintos trucados sin salida.
Y los más jóvenes de esta generación tampoco lo tienen
más fácil. Daniel Castillejo, sevillano de 29 años, lo
ejemplifica: "Soy arquitecto, hablo tres idiomas, y no llego a 1.000 euros
de sueldo al mes por trabajar, sin contrato, en un estudio. Jamás he
tenido un contrato, ni vacaciones, ni pagas extras, voy en un coche de hace
15 años y este mes he renunciado a comprar diariamente el periódico
porque no me puedo permitir gastar 30 euros más. Vivo de alquiler con
mi novia y yo no creo que nos hayan estafado: yo creo que nos están tirando
a la basura".
De cualquier manera, tanto el sociólogo Garrido como Miguel Requena,
otro profesor de sociología de la UNED, coinciden en no dramatizar demasiado:
"Las condiciones de vida de los jóvenes de ahora, en sumayoría,
son mucho mejores que las de la mayoría de los jóvenes delos años
cincuenta o sesenta, y no digamos anteriores".
Carolina, los martes y los jueves, va a clases de iniciación al baile
flamenco en la academia Flamenkita. Paga por ellas 50 euros al mes. Una hora
da para poco: movimientos de muñeca, unos pasos de fandango... Pero a
Carolina le basta porque mientras baila se relaja. Eso sí, como buen
mileurista, ha tenido que elegir: "Me apunté a flamenco y me borré
de la piscina, porque las dos cosas no podía pagar".
Más que amigas
Ya es de noche cuando vuelve en autobús a su casa. Allí se encuentran
ya sus tres compañeras de piso. Se sientan en el sofá del salón.
Laura Caro tiene 29 años, es economista, especialista de marketing y
ahorra para pagarse un segundo máster; Ainara Barrenechea tiene 24, cursó
derecho y trabaja en el departamento de contabilidad de una granempresa; Belén
Simón, de 29 años, hizo historia del arte y se gana la vida en
un centro cultural. Se preguntan unas a otras que qué tal eldía.
Son más que compañeras de piso: son amigas. O, tal vez, la frase
es al revés. Son más que amigas: son compañeras de piso.
Y con la casa, comparten la su vida. Laura, la más mayor, es la que más
resueltamente critica lo que lerodea: "Yo he ido a un banco a pedir una
hipoteca y me han dicho que no porque no entro en el baremo. Llevo 19 años
estudiando, voy a seguir estudiando no sé cuántos más y
no entro en el baremo...".
Las cuatro cuentan con contrato. Ahora. Porque todas han coleccionado relaciones
laborales de todo tipo. Se han aprovechado de la última marea económica:
en 1995 trabajaban 12 millones de personas; ahora lo hacen 19. Pero han sido
víctimas de la precariedad laboral que se ha venido cebando con los jóvenes
de esta generación: en 2004, el 52% de los contratos firmados por jóvenes
de 30 años fue temporal. Y esto
es algo que viene de lejos: en 1995, esta tasa llegaba al 62%.
A medio camino
Y sobre todo, con sus 1.000 euros al mes, se han quedado colgadas, a medio camino
de la emancipación (independientes de sus padres, dependientes de sus
compañeros de piso), asistiendo estupefactas, junto con millones de jóvenes,
al meteórico aumento del precio de la vivienda: en 1993, un piso de 100
metros en una capital de provincia costaba en España, de media, 91.000
euros. Hoy, ese mismo piso vale 228.000. Los que compraron hace 10 años
habrán hecho la inversión de su vida. Los que no pudieron, vivirán
condenados a compartir piso toda su existencia o, en el mejor de los casos,
a "entrar en el baremo" y firmar una hipoteca a 30, 35 o 40 años
que liquidarán a las puertas de la jubilación.
Los sociólogos coinciden en el carácter imprevisible de esta generación,
en su marchamo original, en su necesidad de ir rompiendo moldes y en la incertidumbre
que les rodeará a lo largo de su vida. Tal vez porque han sido siempre
muchos en un tiempo demasiado convulso. En los años sesenta y setenta
nacían al año más de 650.000 niños. En 1997, sólo
366.000, según el Instituto Nacional de Estadística.
Así, cuando los ahora mileuristas estudiaron EGB o BUP, cada aula contaba
con 45 alumnos como mínimo. Cuando llegaron a la Universidad, se la encontraron
repleta, y muchos no pudieron estudiar lo que desearon como primera opción.
Después, no ha habido trabajo cualificado para todos, y los expertos
vaticinan un colapso en las pensiones a no ser que trabajen mucho más
de los 65 años.
Sus padres crecieron deprisa y se cargaron de responsabilidades pronto. A la
edad de Carolina, o Laura, sus padres ya habían comprado (o casi) una
casa. Carolina sólo cuenta con la cama de su habitación, una mesa
de estudio que duerme plegada en un rincón y un aparador rojo de diseño
donde coloca sus libros.
Estos mismos padres mantuvieron una tasa de natalidad que rondabala de tres
hijos por mujer fértil. Pero precisamente estos hijos la hundieron, a
finales de los noventa, hasta un 1,1, la más baja del mundo. No porque
no quieran, sino porque el reloj biológico no contiene años suficientes
para alcanzar el estatus que, a su juicio, necesitan para reproducirse.
En el apartamento de Barcelona, las cuatro chicas discuten sobre esto. Y Carolina
asegura: "Sí, no sabemos lo que será de nosotros. Esta cosa
de vivir al día da libertad, porque no tienes nada fijo y puedes permitirte,
en un momento dado, irte lejos, sin consultarlo con nadie, romper con todo.
Eso es verdad. Pero yo echo de menos cierta seguridad. Lo del día a día
lo llevamos haciendo tanto tiempo que... ya cansa".
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"Ya han tenido tiempo de darse cuenta", concluye Gil Calvo, "de
que el porvenir ya no se escribe más como en las viejas novelas, en las
que el personaje empezaba mal, desde abajo, y terminaba bien, triunfando, arriba.
El porvenir ya no va en línea recta. Por eso parece que dan vueltas,
que deambulan continuamente, sin encontrar la salida".
Como los ratoncitos de los laboratorios.
Son las once de la noche. El piso de Carolina, Laura, Ainara y Belén
comienza a poblarse: amigos y amigas de una o de otra que se dejan caer, que
se suman a la conversación. Se sacan latas de cerveza que abarrotan la
mesa bajera. Se habla mucho, se ríe, se hacen planes para salir. Carolina
sonríe: "Así es siempre, viene gente imprevista,
mucha gente, como cuando éramos estudiantes, es una vida como de eterno
estudiante. Lo malo es que ya no somos estudiantes. Es divertido, pero..."
Pero ya cansa.
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