|
|
|
Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista
que llevamos dentro,
son las mejores parejas. Por: Héctor Abad
*************
A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina,
nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras
denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viragos, marimachos. En realidad,
les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al
poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos.
A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura
y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse
a nuestra voluntad, atacan y se defienden.
La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y
por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y
mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca.
Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que
jamás reclame, que abra la boca solamente para ser
correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para
la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los
tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda
nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen
por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar
en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan),
siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran "no
más usted me avisa y yo le abro las piernas", siempre como dispuestas a
un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre
(no de ellas, que requieren más tiempo, y se quedan a medias).
A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las
mujeres de verdad, las que no se someten y protestan, y por eso seguimos soñando,
más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque
estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan,
y sólo se desnudan si les
da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas
plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio, y de ser posible en roles
subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben
más, tienen más disciplina, más iniciativa, y quizá por eso mismo les queda
más difícil conseguir pareja, pues todos los
machistas les tememos.
Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro
machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que
mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el
origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera
de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza
bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las
llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las
ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad
a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable,
porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es
mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se
declaran jartas por la noche, y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar.
Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y
abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque
son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.
Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos
el pecho también nosotros, y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos),
las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir
y para amar, y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita
siempre, a diario), o una estrategia útil en el
trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no
las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la
que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo
eso.
Somos animalitos todavía, los varones machistas, y es inútil pedir que dejemos
de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las
curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa,
como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex
cerebral, si somos más sensatos y racionales,
si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas
mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y
protestan, son las más desafiantes, y por eso mismo las más estimulantes, las
más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera,
porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados
seguidos de tristeza: nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que
vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.