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Lo diré sin ambages (qué rayos querrá decir ambages):
si yo dispusiera de un
nacionalismo alternativo que me protegiera del nacionalismo casposo,
inculto, pendenciero y sudado del PP, me refugiaría bajo su techo hasta
que
pasara esta tormenta histórica. Y eso que no soy nacionalista. Dejen,
pues,
de echarse la culpa unos a otros por el ascenso de ERC en las elecciones
catalanas. Si no hubiera más remedio que pertenecer a una nación,
yo no sé a
cual me apuntaría, pero sí de la que saldría huyendo como
de la peste: de la
España rencorosa de Aznar, de la España taimada de Rajoy, de la
España
mentirosa de Arenas, de la España matona de Cascos, de la España
agresiva de
Ana de Palacio, de la España meapilas de Michavila o Acebes, de la España
machista de Zaplana, de la España tétrica de Fraga Iribarne, de
la
engominada de Piqué... Si la tensión con los llamados nacionalismos
periféricos no ha hecho más que aumentar a la sombra de la mayoría
absoluta
del PP, quizá sea porque a veces no sabemos lo que queremos, pero tenemos
muy claro lo que no y lo expresamos de ese modo.
Por otra parte, si yo fuera un votante de ERC, estaría indignado por
el modo
en que se refieren a esta formación las autoridades. Hablan de ella como
de
un tumor que le hubiera salido al sistema, cuando, que yo sepa, se trata de
un partido legalmente constituido que tiene, como todos, la aspiración
legítima de ser votado y gobernar. Quiere decirse que que los cientos
de
miles de señoras y señores que han escogido a esa formación
no deberían ser
tratados por los representantes del Gobierno central como agentes
infecciosos, sino como adultos responsables que han elegido la opción
que
les venía en gana porque creían que esto era una democracia.
Se empieza con referencias despectivas a "los comunistas" y se acaba
negando
el pan y la sal al otro. Lo malo es que cada día es más fácil
caer en la
condición de "otro": basta que te produzca un escalofrío
la oquedad mental
de Bush, el acento tejano de Aznar, el expediente de regulación de empleo
de
Antena 3, o el desparpajo político de Esperanza Aguirre, encantada en
su
papel de fotocopia. A ver si alguien se inventa una nacionalidad "otra"
en
la que pedir asilo.